©Emilia Marcano Quijada

Solitud es una fragua donde converge el duelo íntimo y la soledad. Esos elementos constitutivos de la incertidumbre fundan un territorio fértil que la poeta utiliza para reinventar(se) cada día. La voz poética se deja escuchar desde las imágenes y la otredad que se manifiestan en el recuerdo, bullendo en
distancias que emergen en la memoria.
Emilia registra, en una suerte de dietario del alma, pasiones ocultas, anhelos, reminiscencias de horas y de días dispersos en el almanaque de la existencia. No obstante, el yo poético no fondea en la aflicción y teje una filigrana para guarecerse de la soledad en las madrugadas en blanco y negro.
Solitud es un canto al hogar tibio donde se origina la alquimia íntima del erotismo femenino, altar donde reina la madre, diosa mortal que transita zonas de sentido de una realidad huidiza en las que se vislumbran devocionarios rotos y poemas inolvidables. Refugio que ampara en su hornacina la risa de la hermana y el olor de su cocina.
En Solitud leemos la historia del espíritu indomable que busca (y se busca) en escenarios evanescentes hasta hallarse en códigos furtivos que descansan en sombras inolvidables. Solitud muestra costados de la vida inmersa en un enigma que se intuye por medio de la imagen poética. En estos versos la poeta da cuenta de un erotismo voluptuoso que indaga en las sinuosidades amorosas para revelar la belleza que vence la distancia y el olvido.
A través de estas páginas advertimos la valoración justa del poema como emisario que traduce los signos de la vida y los transforma en palabras.
Les Quintero











