©Ana María Velázquez

Este poemario de Ana María Velázquez se puede interpretar como una marcha que explora, desde el universo femenino, otros visajes inscritos en la ciudad como madre, como mujer dadora de refugios, pero también de hostilidad. Es en estas zonas de sentido donde la poesía y la realidad se conjugan para mostrar la metáfora de la extranjera y del desarraigo que se percibe en la forma de mirar un mundo que no reconozco mío. La voz poética habla de una ciudad arrasada por amenazas que deambulan con sus voces de miedo, de miasmas que trastoca la geografía urbana en ruinas.
Ana María Velázquez retoma un tema fundamental, en estos momentos, en los que el exilio es un suceso casi cotidiano. De esta manera, la palabra se vuelve hacia la poesía como puente entre una orilla y otra para acercarse al país lejano que aparece en la nostalgia. La patria se ha convertido en un territorio irreconocible, y la poeta confinada en su propia tierra, busca un espacio, un lugar para escuchar(se).
La autora recrea su imaginario en el pulso de una ciudad que desdibuja en crepúsculos violentos, en ocasos que tiñen de rojo los nombres. Las palabras tratan de capturar la imagen extraviada, la cita perdida. Las coordenadas medulares de Extranjera de por vida, se diluyen en las avenidas, en las aristas de la angustia que sobresalen en cada frase, en las intenciones, en el sueño, en las ausencias.
El paisaje urbano se descubre desamparado, como un lugar de aislamiento donde el poema intenta rescatar una imagen, un rincón olvidado. La ciudad irrumpe en matices violentos y la poeta articula recortes desvencijados para reconstruir memorias con las mujeres de la tierra.
Les Quintero


