
Un adiós constante se puede leer como el registro fragmentado sobre la diáspora, sobre las vidas rotas de aquellos que se vieron obligados a dejar su país. Gisela Romero, con maestría estética, tomó pedazos de algunas memorias dispersas y las juntó en una exposición marcada por huellas de desencanto, pero también con matices de esperanza. Cada cuadro es el testimonio de una partida, que no solo supone un cambio de geografía, sino también, un viaje emocional que implica dejar atrás lo conocido, la calidez del hogar y la familia, para enfrentarse con lo incierto.
La artista utiliza su talento para adentrarse en la complejidad de las emociones que desbordan la experiencia de los migrantes, quienes salieron en búsqueda de una seguridad que su país de origen no les brinda. En esta obra se refleja el vértigo de la diáspora venezolana, la desolación y dolor. A través de sus cuadros e ilustraciones, nuestra autora invita a los espectadores a contemplar los caminos recorridos por millones de personas que han dejado atrás su hogar, y arrastran silencios cargados de historias.
Un adiós constante también muestra la generosidad de nuestra tierra y su rica amalgama cultural. Venezuela ha recibido a millones de inmigrantes que llegaron huyendo el horror, hoy ve a sus descendientes hacer el viaje de retorno, escapando de penurias y opresión. A través de su arte, Gisela Romero celebra la herencia multicultural de Venezuela, y dibuja una historia de unidad y pertenencia.
Un Adiós constante muestra las estrías emocionales de quienes han emprendido la búsqueda de la seguridad, de una mejor vida, de una Itaca personal, el último refugio que les pueda dar amparo ante la soledad y el desarraigo.
Les Quintero


