{"id":220,"date":"2014-05-11T22:30:00","date_gmt":"2014-05-11T22:30:00","guid":{"rendered":"https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/?p=220"},"modified":"2024-05-03T22:07:02","modified_gmt":"2024-05-03T22:07:02","slug":"jinete-a-pie","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/2014\/05\/11\/jinete-a-pie\/","title":{"rendered":"Jinete a pie"},"content":{"rendered":"\n<p>\u00a9Israel Centeno<\/p>\n\n\n<div class=\"wp-block-image\">\n<figure class=\"aligncenter size-full is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"996\" src=\"https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/image-19.png\" alt=\"\" class=\"wp-image-221\" style=\"aspect-ratio:1.0281124497991967;width:484px;height:auto\" srcset=\"https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/image-19.png 1024w, https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/image-19-300x292.png 300w, https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/image-19-768x747.png 768w, https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/image-19-360x350.png 360w, https:\/\/lectorcomplice.com.ve\/wp63\/wp-content\/uploads\/2024\/05\/image-19-150x146.png 150w\" sizes=\"auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/figure><\/div>\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Roberto Morel es un jinete a pie, como se les llama a quienes no tienen el privilegio de conducir una motocicleta, a los peatones sin voz ni derechos, exiliados en alg\u00fan cant\u00f3n de lo que una vez fue Caracas, antes del crack. En esta novela, Israel Centeno recrea una atm\u00f3sfera enrarecida y an\u00e1rquica donde se dibuja la soledad implacable de una ciudad que devino en pesadilla reaccionaria, decadente, deshumanizada, pavorosa. El personaje sobrevive obsesionado con rescatar las memorias err\u00e1ticas de mujeres alucinadas y terribles; mujeres que se confunden y diluyen en la escritura de un diario, tal vez el \u00fanico documento que registr\u00f3 los pasos de Roberto Morel antes de la debacle.<\/p>\n\n\n\n<p>Ludmila puede ser Adriana o Ver\u00f3nica, Ana pudiera ser Alexandra o una sombra que se desprende del pecho de Roberto Morel. Una mujer se convierte en todas las mujeres, en figura caleidosc\u00f3pica que se multiplica con los destellos cenitales del caos y la destrucci\u00f3n. Morel transita paisajes aniquilados de un sistema atrasado, constituidos por los cantones. Estos se distribuyen en zonas con viviendas desvencijadas, ruinas fundacionales de una comunidad donde habitan, confinados, los peatones que una vez transitaron libremente la ciudad.<\/p>\n\n\n\n<p>Los peatones sobreviven con t\u00e9 de campanitas y, solo en horas permitidas por las hordas motociclistas, tomando un caf\u00e9 en La Flor de Altamira. Tomar caf\u00e9 representa un rito, el \u00faltimo reducto social en el fluir convulsivo de la historia.<\/p>\n\n\n\n<p>La yerba y los turrones de calabaza propician el ensue\u00f1o, puente hacia universos on\u00edricos para escapar del horror que producen los safaris, esas temporadas donde la caza de peatones es una diversi\u00f3n. Roberto Morel, mediante una reflexi\u00f3n asordinada, explora la sinraz\u00f3n del amor, la persecuci\u00f3n de una mujer vengativa, el deseo y los repliegues del miedo y las pasiones de la condici\u00f3n humana en una situaci\u00f3n l\u00edmite.<\/p>\n\n\n\n<p>Los peatones huyen desnudos, su piel se confunde con la naturaleza, con la noche azulada y los sue\u00f1os irreales producidos por la yerba y el t\u00e9 de campanita. La piel es la met\u00e1fora para fundirse con la desmemoria y el espect\u00e1culo imposible del animal acosado.<\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right\"><strong>Les Quintero<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u00a9Israel Centeno Roberto Morel es un jinete a pie, como se les llama a quienes no tienen el privilegio de conducir una motocicleta, a los peatones sin voz ni derechos, exiliados en alg\u00fan cant\u00f3n de lo que una vez fue Caracas, antes del crack. 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